lunes, 14 de mayo de 2018


En Defensa del Suicida


La gente no entiende que el suicida no es un cobarde por querer dejar de enfrentar la vida, él no tiene problema alguno con su vida; son sus circunstancias lo que él rechaza, ha decidido que son demasiado dolorosas para seguir soportándolas y ha optado por tomar un camino que muchos temen, acelerar su muerte. Una opción que muchos llaman cobardía.

Examinemos la cobardía, los cobardes son aquellos que no se atreven a hacer cosas que la mayoría hacemos sin mucha dificultad; el cobarde teme a la oscuridad, al daño físico o a las historias de terror. Por otro lado, el valiente es aquel que enfrenta de manera voluntaria y firme a situaciones que muchos temerían enfrentar. El valiente salta en paracaídas, pelea contra situaciones temibles y confronta rivales y enemigos que a otros atemorizan. Queda entonces establecido que el cobarde huye ante aquello que a la mayoría no atemoriza y el valiente enfrenta situaciones que la mayoría rehuye. Siendo el mayor temor de todo ser humano la muerte propia, ¿en qué situación queda parado el suicida? ¿A quiénes atemoriza vivir? El suicida no teme vivir, de hecho, no teme vivir bajo las circunstancias en que lo hace y que o han impulsado al suicidio, él está cansado de vivir así. Está molesto ante las circunstancias que enfrenta cada día y que ha visto imposibles de cambiar por su esfuerzo, el suicida está afónico de suplicar ante un Dios sordo o peor aún, indiferente a su sufrimiento. Es un valiente que ha decidido enfrentar una circunstancia que muchos postergan a cada oportunidad, ha decidido regresar el más valioso regalo que te pueden dar porque simplemente no cumple sus expectativas. El suicida es una falla del sistema, de Dios, de la sociedad, de la familia y por eso queremos culparlo, por eso lo llamamos cobarde o pecador, porque es un recuerdo a nuestra conciencia de que hemos fracasado como padres, amigos, hermanos, compañeros. Dado que debemos descargar nuestra conciencia culpamos al único que no está presente para defenderse y que con gallardía ha decidido terminar sus problemas sin descargarlos sobre nosotros. Nos quejamos del dolor que nos produce su muerte, de lo insensible que fue y lo egoísta al tomar una decisión como esa sin pensar en las consecuencias de lo que deja atrás pero no pensamos en lo que debía afrontar cada día, en las oraciones no respondidas y las esperanzas destruidas que lo llevaron a ese momento en el cual en la balanza de su mente pesó más el deseo de descansar de la vida que la ilusión de ver nuevos amaneceres y la incertidumbre del porvenir.

Los antiguos Samurai del Japón feudal practicaban el seppuku, harakiri ó hara-kiri, una forma de suicidio ritual como última prueba de honor, lealtad y valentía ante situaciones que consideraban humillantes y más allá de su control (como la posibilidad de ser vencidos y capturados por el enemigo) y dudo mucho de que la mayoría de los lectores contemporáneos de este texto tuviera los cojones para decirle cobarde a un samurái del siglo XII en su cara.  Sólo hasta hace muy poco el suicidio es considerado algo malo, incluso en occidente; durante la era victoriana en Inglaterra el suicidio era una forma de lavar las deudas de honor de la familia y en esto se incluían las quiebras financieras. Es con el surgimiento de los Estados Unidos como potencia mundial y con establecimiento en occidente de la cultura del sueño americano cuando la mentalidad frente al suicidio da un vuelco total dando más importancia a la persona que sigue luchando por “salir adelante” (me gustaría conocer el origen de esa frase) que a aquella que pone fin a su sufrimiento por voluntad y mano propia, dando un mensaje claro a aquel Dios omnisapiente y todo poderoso que a pesar de su poder no cambia la esperanza vacía y agotada del suicida por pequeñas muestras tangibles de ese poder absoluto que alimenten las ganas de vivir. Dios es frente al suicida, un jugador de Poker al que no le creyeron el bluff de que todo estaría mejor perdiendo la apuesta y el esfuerzo de diseñar un plan perfecto que nunca verá la luz. El suicida nos duele porque es la muestra del fracaso de la fe, la esperanza y si aceptamos nuestra parte de culpa, también de la caridad, quizás por eso Dios le niega lo único que el suicida añora, el descanso eterno; es una venganza contra el que saltó la valla en vez de hacer la fila y decidió que no aceptaría el sufrimiento que implicaba el plan perfecto, que era demasiado para él y que simplemente regresaba la vida a quien se la ofreció antes de que sonara su turno e igual se la exigieran, el suicida es un valiente que toma la decisión final sobre lo que dice la sociedad, la familia, los amigos si es que tiene alguno y por encima del todo poderoso Dios que lo castiga cuando no ha escuchado su desespero.

En fin, no se trata de culpar a nadie, el suicida hace su elección y aunque hace llamadas de auxilio, rara vez son del todo claras, es más la despedida de un hombre que evalúa sus decisiones y se da cuenta del daño causado, de la vida y los errores cometidos y decide borrar todo de golpe para evitar hacer cosas peores.

Me despido con la frase maravillosa de Salgari, os saludo rompiendo la pluma. Merlín Ambrosius.



 

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